domingo, 8 de marzo de 2026

La política y el amor

Desde Unión y Cambio no sólo hablamos de cambiar las formas de hacer política, nos proponemos hacerlo: tenemos nuestras convicciones y voluntad política alineadas con ese propósito.  Asumimos que la política entendida como el arte de motivar a otros a pensar y actuar en determinada dirección, solo es sostenible cuando se basa en la persuasión, no en la imposición. La coerción, la amenaza o la compra de conciencias producen conductas, pero no adhesión: apenas se disipan el miedo o el interés, lo que queda es distancia, resentimiento y desconfianza. La lealtad auténtica nace de algo más profundo: la conexión entre las convicciones de las personas y una propuesta política que les hace sentido, porque armoniza con sus valores, principios y aspiraciones.

Política como encuentro de convicciones

Hacer política en serio implica asumir que cada ciudadano tiene una historia, una escala de valores y unos sueños propios. No se trata de “llenar un vacío” en la gente, sino de reconocer que ya hay en ellos principios y deseos (superación personal, educación para los hijos, estabilidad, dignidad, paz), se trata entonces de construir a partir de esos puntos de partida. Un liderazgo persuasivo no impone un discurso; ayuda a que cada quien vea cómo su propio proyecto de vida puede conectarse con un proyecto colectivo. Por eso la conversación política más efectiva no es la que sermonea, sino la que pregunta y escucha, luego orienta y propone.

La ética como condición de la persuasión

En su acto fundacional celebrado el 15 de agosto de 2025, el movimiento Unión y Cambio hizo su aparición formal con la aprobación de una Declaración de Principios y ese no fue un detalle menor. En tiempos de degradación de la política, la ética deja de ser un lujo para convertirse en condición esencial y una de las claves del éxito.  Sin ética, la persuasión degenera en manipulación, y la gente, tarde o temprano, se da cuenta. Un activismo persuasivo parte de un principio básico: respeto al ciudadano como sujeto libre, capaz de decidir. Eso implica:

- No mentir ni exagerar promesas.  

- No instrumentalizar el dolor o la necesidad.  

- Ser coherente entre lo que se dice y lo que se hace.  

La consecuencia es poderosa: cuando el ciudadano percibe respeto y honestidad, baja sus defensas, se abre a escuchar y empieza a considerar la posibilidad de comprometerse.

Intereses personales y bienes comunes

La buena política sabe articular lo personal con lo colectivo. Un activismo centrado en la persuasión no habla solo de “patria”, “democracia” o “instituciones” en abstracto, sino que traduce esos conceptos a la vida concreta: mejores servicios públicos significan menos horas sin luz; paz social significa que mi hijo puede ir a la escuela sin miedo; institucionalidad significa que mi esfuerzo de trabajo rinde frutos sin ser confiscado. La tarea es mostrar que:

Los intereses personales legítimos (mejor ingreso, vivienda, estudio, futuro de los hijos) y los intereses colectivos (paz, convivencia, servicios, justicia) no se oponen, sino que se potencian en un proyecto político bien diseñado. Ahí la persuasión consiste en hacer visible ese vínculo: “lo que proponemos no solo es bueno para el país, es bueno para ti y tu entorno”.

La analogía con el amor

La analogía entre política y amor es especialmente fecunda. Nadie puede amar de verdad porque lo amenacen: el miedo produce sumisión, no afecto. El dinero puede comprar compañía o apariencia de cariño, pero no amor genuino. El amor verdadero se construye:

- Reconociendo al otro como igual, no como objeto.  

- Mostrando virtudes reales, no fingidas.  

- Compartiendo sueños, proyectos y temores.  

- Cuidando, estando presente y siendo leal en la dificultad.  

En política ocurre lo mismo: no se trata de “seducir” con trucos, sino de enamorar con autenticidad. Un movimiento o un liderazgo “enamora” cuando la gente percibe:

- Que la escuchan y la toman en serio.  

- Que el mensaje no humilla ni divide, sino que incluye.  

- Que hay un compromiso creíble con su dignidad y su futuro.  

Así, el votante deja de ser “objetivo” para una campaña y se convierte en socio de un proyecto. Eso genera un tipo de vínculo mucho más resistente a la frustración: si las cosas se complican, la gente no abandona inmediatamente, porque siente que participa de algo propio.

Persuasión como principio rector del activismo

Si asumimos que “también en política se trata de enamorar”, el activismo cambia de lógica:

- De gritar consignas, a sostener conversaciones significativas.  

- De repartir beneficios, a construir vínculos de confianza.  

- De imponer verdades, a buscar coincidencias desde la diversidad.  

Persuadir implica hablar de las cosas que se comparten: el deseo de una vida mejor, el rechazo a la humillación, la esperanza de un país habitable. Supone también mostrar, con la propia conducta, los valores que se predican: respeto, solidaridad, compromiso con el futuro. En esa clave, cada acto de activismo deja de ser una “operación” y se convierte en un acto de construcción de tejido humano.


viernes, 13 de febrero de 2026

La Trampa de la Intrascendencia

Es realmente lamentable como se promueve desde el extremismo un clima de intolerancia, signado por la calumnia, el chisme y la descalificación.  En los momentos donde la historia exige pulso firme y visión de largo alcance, emerge un síntoma inequívoco de la pobreza del liderazgo y la precariedad institucional: el ruido de lo nimio.  Cuando una organización o un país atraviesa una crisis compleja, la estatura de sus integrantes no se mide por la elocuencia de sus discursos, ni la estridencia retórica, sino por su capacidad de distinguir lo urgente de lo ornamental.

Quien, en medio de la tormenta, decide priorizar el conflicto interno, ventilar el chisme de pasillo o encender hogueras con "pendejadas", no solo comete un error táctico; está evidenciando su escasez, su limitado manejo de las emociones y quizás firmando su acta de defunción política

El narcisismo de las pequeñas diferencias

El fenómeno que observamos cuando un actor se enreda en controversias menores mientras el contexto demanda soluciones estructurales es -en esencia- una desconexión cognitiva. Es una suerte de narcisismo, donde el ego prevalece sobre el objetivo común.  Esta actitud deja en evidencia dos carencias fatales:

 1) Inmadurez política: La incapacidad de entender que el poder es una herramienta de transformación, no un escenario para el desahogo emocional o la validación personal.

 2) Incomprensión del momento: Un desenfoque que usualmente deriva en una cadena de errores.  Además, la ceguera frente al hecho de que la sociedad —o el equipo— está observando. Ante el caos, la tolerancia colectiva hacia la frivolidad es nula.

La respuesta del líder: ética del enfoque y distancia estratégica

¿Cómo debe reaccionar un líder sensato ante la miseria política y la provocación de la mediocridad? La tentación de "poner en su lugar" al intrigante es grande, pero un liderazgo con claridad política sabe que descender al barro es, de hecho, una forma de derrota. La respuesta debe articularse sobre tres ejes fundamentales de higiene política:

* La indiferencia selectiva o inmunidad al ruido: No toda crítica merece una respuesta. El líder real entiende que su capital más valioso es la atención. Al negar la entidad al chisme, se le quita el oxígeno. Si la controversia no suma a la solución del problema mayor, simplemente no existe en su agenda. Lógicamente, la acción política coherente e inmune a las distracciones, requiere claridad estratégica.  

 * El reencuadre forzado: Ante el intento de sabotaje por vía de la queja menor, el líder debe realizar un ejercicio de “reframing”. Se trata de elevar el nivel del debate, forzando al interlocutor a hablar de soluciones y datos. "Entiendo tu inquietud, pero la urgencia hoy es [X]; propongo que nos concentremos en lo que la gente espera de nosotros".

 * La superioridad operativa: Mientras otros conspiran, el líder construye. No hay mejor respuesta a la intriga que el resultado tangible. El contraste entre quien aporta soluciones y quien aporta "ruido" termina por aislar naturalmente al generador de conflictos.

Conclusión: El liderazgo es templanza

El verdadero líder no es el que más grita en la asamblea, sino el que mantiene la brújula fija cuando los demás sucumben al vértigo de las minucias. Generar controversias por asuntos intrascendentes en tiempos de fragilidad es una forma de sabotaje involuntario que revela las limitaciones de quien lo ejerce.  La política, en su sentido más noble, es el arte de priorizar el bienestar colectivo sobre la miseria del ego. Quien se detiene a apedrear a cada perro que ladra en el camino, jamás llega a su destino. El líder verdadero sabe que su prestigio no nace de ganar peleas de pasillo, sino de mantener la mirada en el horizonte mientras otros se pierden en el laberinto de lo banal y naufragan en el mar de las mezquindades. 

Instagram: @r.casanova


sábado, 31 de enero de 2026

Hacia una transición tutelada: Anatomía del poder en la Venezuela de 2026

La captura de Nicolás Maduro y el ascenso del gobierno interino de Delcy Rodríguez configuran un escenario que pudiéramos llamar de "liberalización autocrática", caracterizado por la inocultable tutela externa de los Estados Unidos, algo que la “revolución” intenta disimular con la clara lógica de preservar sus fuerzas. El otro rasgo inocultable del momento es una irresponsable y muy peligrosa fragmentación de las fuerzas opositoras, algo realmente insólito.  Este cuadro plantea serias interrogantes sobre la viabilidad de una democratización plena frente a una mutación del autoritarismo hacia modelos de coexistencia pragmática.

La paradoja de la liberalización bajo tutela

El interinato oficialista procura manejar la coyuntura hacia lo que Andreas Schedler define como "autoritarismo competitivo", con la aspiración de inaugurar una nueva etapa de la revolución, sin Maduro, quien pasará a protagonizar al malo de la película.  Por eso el gobierno interino de Delcy Rodríguez sostiene un discurso como quien recién llega al poder y con los 500 millones de Dólares que ingresarán por concepto de petróleo, ahora prometen hacer lo que no hicieron en 25 años.  Repentinamente olvidaron que sólo entre 1999 y 2014, cuando no existían las malvadas sanciones, manejaron ingresos superiores a los 950.000 millones de Dólares. ¿Qué pasó? Los recursos se evaporaron, enriqueciendo obscenamente a la burocracia revolucionaria y empobreciendo dramáticamente a los venezolanos, dejando como resultado la ruina del país y una profunda crisis social de dimensiones humanitarias.  

Sin duda, un factor determinante será la tutela externa. El gobierno interino de Delcy Rodríguez apuesta a que la administración Trump sustituya el “cambio de régimen” por la "estabilización de intereses", priorizando la seguridad energética y el control migratorio. Y tal cosa pudiera suceder, si las fuerzas democráticas no recomponen la unidad y se convierten en un factor capaz de garantizar estabilidad política. La inversión norteamericana y los intereses geopolíticos de los EEUU, valoran la gobernabilidad futura como una condición imprescindible.  Algo que jamás podrá garantizar una oposición dividida y en conflicto. 

Por otra parte, las contradicciones internas en el chavismo son evidentes y las acusaciones de traición son un secreto a voces en el PSUV, propiciando un escenario que guarda similitudes con la "Teoría de la Transición de Élites" de Guillermo O’Donnell y Philippe Schmitter. Para estos autores, las transiciones exitosas suelen iniciarse por fracturas en el bloque gobernante. En todo caso, por ahora no hay razones para generarse expectativas en tal sentido.  Lo cierto es que el oficialismo criollo, al intentar disimular su subordinación a los intereses de Washington, busca capitalizar la transición no como un fin hacia la democracia, sino como un medio para garantizar la supervivencia de su grupo político en un entorno de mayor apertura económica.

El dilema de la oposición: entre la institucionalidad y la ruptura

La fragmentación opositora venezolana refleja una tensión histórica entre dos rutas estratégicas. Por una parte, la “vía institucional”, asumida por la oposición moderada: su presencia en la Asamblea Nacional evoca el modelo de la Mesa Redonda en Polonia (1989). Al participar en instancias oficiales, este sector busca "ensanchar las grietas" del régimen desde adentro. Su apuesta es pragmática: la democracia no como un evento súbito, sino como una construcción incremental que garantice la sostenibilidad del proceso de reinstitucionalización.

Por la otra, la vía de la “imposición carismática” –si me permiten el término-  asumida por la oposición más radical: se fundamenta en la exigencia de una ruptura total e inmediata. Tiene un discurso maximalista, que arranca aplausos, pero profundiza las diferencias internas, estimula la fragmentación opositora y tiene serias limitaciones que derivan de su carencia de control territorial o militar, de su fracturada interlocución con el poder y de su dificultad para articular fuerzas internas desde el exterior.  El discurso “duro” es cautivador para las masas, pero políticamente ineficiente y en la práctica, inútil para un proceso de transición. 

Lecciones comparadas: el espejo de la historia

Para el liderazgo político actual, un referente imprescindible son la experiencia polaca y la chilena, ampliamente conocida en Venezuela. Podríamos mencionar muchos otros, pero solo agreguemos dos precedentes cardinales. El primero, el Pacto de la Moncloa: la transición española demostró que la estabilidad depende de la capacidad de los herederos del régimen y de la oposición para renunciar a agendas extremas en favor de un consenso constitucional. El escenario de hoy minimiza las dudas sobre la disposición del oficialismo a adelantar reformas que implique su eventual salida del poder, algo que francamente les conviene como fuerza política, al margen de que no están en condiciones para perpetuarse. 

El segundo, la Ley de Amnistía de 1978 (Brasil): un proceso de apertura lenta y controlada por los militares. Si la oposición moderada en la Asamblea Nacional no logra imprimir velocidad al cambio y la oposición radical no se dispone a articular con ella y a promover la unidad de las fuerzas democráticas, Venezuela podría quedar atrapada en una transición "infinita", donde se recupera el mercado, pero se posterga indefinidamente el cambio político, la alternancia en el poder. El éxito de la democratización real dependerá de la capacidad de la oposición para unificar la prudencia y el radicalismo, lo institucional con lo emotivo, la fuerza política con lo social. Las dos vertientes opositoras no son excluyentes por definición y pueden ser complementarias. ¡Ambas se necesitan! Sin esta síntesis, el país corre el riesgo de consolidar una "paz autoritaria" tutelada, donde la recuperación macroeconómica sirva de sedante para las demandas de justicia y libertad. ¡Dios bendiga a Venezuela!