Un amigo solía decir que la política local es el único circo del mundo donde los payasos cambian de vestuario en plena función y pretenden que el público no los reconozca. Hoy presenciamos la puesta en escena de una burla contumaz: vendernos un supuesto "gobierno nuevo" desprovisto de culpa, pero conducido exactamente por la misma comparsa que arruinó al país, quebró la industria petrolera y, en un acto de magia sin precedentes, logró devorarse miles de millones de dólares y hasta "el queso que había en la mesa, también se lo comió", diría Wilfredo Vargas.
Para desmontar esta farsa hay que señalar a Delcy Rodríguez, a quien podemos llamar NICOLASA, no por un mero capricho del lenguaje, ni por chalequeo, sino porque representa la clonación perfecta del modelo: la mentira constante y con descaro, la misma vocación de saqueo y la continuidad de un proyecto que solo busca perpetuarse con la misma lógica parasitaria que dejó en ruinas a la nación.
Nicolasa no es una alternativa ni una cara fresca; es la continuidad del régimen con un peinado distinto. Es expresión del Madurismo sin Maduro y por cierto, estuvo en New York pero no se le ocurrió visitar al difunto político, quien permanece tras las rejas disfrutando de los privilegios y derechos que ambos le negaron a los presos políticos en Venezuela. No sorprende.
Al lado de Nicolasa opera el verdadero cerebro del laboratorio político: su hermano, el psiquiatra del régimen, quien encarna a la perfección la clásica literatura de terror bajo el mito del Dr. Jekyll y Mr. Hyde. Cuando este peculiar psiquiatra se sienta frente a la diplomacia o al poder estadounidense, bebe la poción del Dr. Jekyll: aparece suave, sereno, pausado, apacible, amabilísimo y dispuesto a cuanta concesión sea necesaria con tal de ganar tiempo y oxígeno. Pero en cuanto cruza la puerta y le toca darle la cara al país, la poción hace efecto y emerge Mr. Hyde: un personaje perverso, malévolo, altanero y lleno de cinismo, que usa la psicología no para curar, sino para chantajear, manipular y administrar la angustia colectiva.
El "Rodrigato" como llaman al Madurismo sin Maduro, completa el electo de esta tragicomedia con el Teniente Chillón, quien funciona como el apéndice de la fórmula: un mal necesario para Nicolasa y el Dr. Jekyll, la comparsa conveniente que sirve de pantalla o de "tonto útil" para los pragmáticos del norte. Un elemento decorativo que gesticula y amenaza para el consumo interno, mientras los hermanos manejan los hilos de la marioneta.
Este teatro busca maquillar una verdad inocultable: son los mismos, estamos ante un reciclaje constante de burócratas fracasados y corruptos, una retórica bufa cargada de cinismo y lisonjas al otrora maligno imperio; lo que sea con tal de mantener en el poder al Madurismo sin Maduro. Con actitud servil, bajo tutelaje, pero en el poder. Nicolasa es una etiqueta barnizada con la que pretenden engañar a una sociedad fatigada. Pero el venezolano tiene muy lejos el pendejo. Y hoy entiende bien la naturaleza del parásito y su tendencia natural a la adulancia: ayer a los cubanos, hoy a los yankees.
Son los mismos y en medio de la pavorosa crisis social que ellos generaron y aún azota al país, Nicolasa y el Madurismo sin Maduro dilapidan millones de dólares en publicidad para engatuzar a los venezolanos, pero será inútil. Como diría el inolvidable Héctor Lavoe: "Te conozco, bacalao, aunque vengas disfrazado".
Si, son exactamente los mismos que entregaron la soberanía nacional a los intereses de Cuba, Rusia, China e Irán, y no perdían oportunidad para lustrar las botas cubanas con la lengua, sin que se les aguara el ojo. Son los mismos que quemaban la bandera estadounidense y convirtieron el grito de "Yankee Go Home" en su lema de campaña, que destruyeron a PDVSA hasta dejarla en el chasis y juraban en cadena nacional que "ni una sola gota de petróleo para el imperio". No importa si ahora mendigan licencias petroleras y acomodos comerciales con el "imperio" que antes demonizaban: siguen siendo los mismos.
Nicolasa, el Dr. Jekyll y el Teniente Chillón son los mismos que proclamaban a Alex Saab como un héroe patrio, un diplomático inmaculado y un ciudadano ejemplar, hasta que las costuras del negocio se rompieron. Para defenderse, seguramente el delincuente colombiano terminará afirmando que sacó la cédula de identidad en la misma taquilla de registro que Nicolás Maduro: esa misteriosa oficina donde la nacionalidad se amolda según la conveniencia de la trama. En el teatro todo es posible...
Emilio Lovera parodiaba con genialidad cómo el zángano intenta cambiar de tono de voz cuando lo atrapan con las manos en la masa. Nicolasa, el Dr. Jekyll y el Teniente Chillón pueden ensayar las metamorfosis que quieran y cambiar de libreto las veces que les haga falta. Pero el país los conoce de sobra. No hay maquillaje institucional ni discurso moderado que tape dos décadas de devastación y autoritarismo. Son los mismos, son el Madurismo sin Maduro, la misma miasma y esta vez nadie les comprará el disfraz.