En medio de una coyuntura sin precedentes en la historia venezolana, se avanza con dificultades hacia una transición democrática donde la incidencia de Estados Unidos es determinante, pero requiere como contraparte una concertación real y sincera de las fuerzas del cambio, cuyo objetivo fundamental sea consensuar una ruta y estructurar una agenda común en sintonía con el plan trifásico en marcha.
Desafortunadamente, una parte importante de la oposición democrática adolece de la madurez política necesaria para el momento. Su interlocución extremadamente precaria con el gobierno, y su incomunicación con el resto de la oposición, se convierten en obstáculos al proceso. La percepción es que los egos y cierta arrogancia parecen imponerse, al punto de creerse los únicos y legítimos representantes del mundo opositor, cosa que —muy a su pesar— contradice la realidad. Esa actitud los aproxima más al régimen que queremos cambiar que al país que aspiramos construir.
Alegar la unidad como recurso retórico sin voluntad real de asumir la pluralidad es una maniobra de muy corto alcance, un acto de sectarismo digno de quienes han ejercido el poder durante 27 años. La llamada Plataforma Unitaria paradójicamente agrupa solo una fracción, a un grupo que reconocemos como parte fundamental de la oposición, pero es eso: solo una parte. Con el agravante de que esa parte desconoce al resto, tanto como sus propias limitaciones. Para colmo, constantemente descalifica al liderazgo que no está alineado con sus intereses facciosos.
Promover "la unidad de los que están conmigo" no tiene ningún mérito. La política se hace sobre la base de realidades y, más allá de preferencias políticas o candidaturales, hay un amplio sector político que participó en la gesta del 28J que no podrá ser excluido, por más que lo intenten. Entonces, ¿qué sentido tiene persistir en la creencia de que se tiene el monopolio de la oposición? Nos referimos al 28J porque es un referente útil: la reconstrucción de la unidad que hizo posible aquella victoria del 2024 no puede condicionarse al respaldo a una u otra candidatura presidencial, asunto que debe incluirse en la agenda pues primero hay que salvar muchos escollos, entre otros el de los inhabilitados y las tarjetas de los partidos.
No se trata de desconocer liderazgos, sino de darle prioridad a la transición democrática por encima de las legítimas aspiraciones personales a la presidencia, gobernación o alcaldía. Se trata de sumar esfuerzos para que una candidatura unitaria sea viable y el resultado electoral sea reconocido.
Insisto: la unidad no puede ser un recurso retórico electoral, es una exigencia de la sociedad democrática. El país no admite más demagogia y exige respuestas. Algunos deberían explicar cómo expresan disposición a negociar con el gobierno pero son incapaces de dialogar con otros factores de oposición. Deberían explicar cómo plantean negociar con el régimen la elección de un nuevo CNE pero no pueden articular con parte de la oposición democrática que está en la Asamblea Nacional, escenario donde se conformará ese nuevo órgano electoral.
La contradicción es tal que—solo para sostener su discurso y descalificar—desestimaron la Ley de Amnistía, pero muchos terminaron beneficiándose de ella. Incluso desconocían públicamente a la Fracción Parlamentaria Libertad mientras solicitaban su intermediación en privado para acogerse a la Ley y regresar al país. No hay problema: bienvenidos todos. Esa es la tarea de una fuerza parlamentaria opositora.
Falta mucha agua por correr bajo el puente y el compromiso con el país es inmenso. Debemos tomar conciencia de que necesitamos avanzar, y lo haremos en la medida que nos demos cuenta de que el país nos trasciende, que la oposición no "soy yo", sino una diversidad; que la pluralidad es un rasgo esencial de la democracia que exige tolerancia y mutuo respeto. Quien no esté dispuesto a actuar con verdadero talante democrático tendrá que asumir su responsabilidad frente al país. La historia es implacable y el tiempo ha demostrado ser un juez justo. ¡Dios bendiga a Venezuela!